
NOTA PRINCIPAL
Estafa en Núñez: el caso que expuso los vacíos de control en el mercado automotor
Vidrieras relucientes, autos de alta gama y un cartel que transmitía confianza. Así se presentaba la concesionaria Grupo Central Automotores, en pleno corazón de Núñez. En la esquina de una avenida transitada, los autos brillaban bajo las luces del salón, y los vendedores recibían a los interesados con café y promesas de entrega inmediata. Nadie sospechaba que detrás de aquella fachada moderna se escondía una trama que dejaría a cientos de personas sin su dinero ni su vehículo.
Durante meses, el local funcionó con total normalidad. Exhibía logotipos de marcas reconocidas y ofrecía "0 km con entrega inmediata", un lema irresistible en un mercado donde las demoras y los sobreprecios son moneda corriente. Los contratos se firmaban en oficinas vidriadas, con documentación que parecía legítima y transferencias bancarias a nombre de la empresa. Todo daba la impresión de estar en regla.
"Firmé, hice la transferencia y me dijeron que el auto llegaría en quince días", cuenta hoy una de las damnificadas. Como ella, cientos de compradores esperaban ansiosos la entrega. Algunos incluso vendieron sus autos usados o pidieron préstamos para completar el pago. Pero las semanas pasaron, las llamadas dejaron de tener respuesta y las puertas del local se cerraron sin previo aviso.
Lo que al principio parecía una simple demora administrativa terminó siendo una estafa millonaria. Más de doscientas familias quedaron atrapadas en un entramado de engaños que expuso algo más profundo que un delito comercial: la falta de control y los vacíos legales que todavía persisten en el mercado automotor argentino. Detrás del caso, no solo hay víctimas y responsables, sino también un sistema que permitió que todo ocurriera a plena luz del día.
Una estafa en cadena
El mecanismo era siempre el mismo. Los vendedores ofrecían autos con entrega rápida, respaldados por contratos formales y documentación sellada. Las operaciones se realizaban en cuentas bancarias a nombre de la empresa, lo que daba la apariencia de un negocio legítimo.
"Firmé el boleto, hice la transferencia y me dijeron que en dos semanas iba a tener el auto. Pasaron meses y nunca más nos atendieron", relata María De Palma, una de las damnificadas. Había entregado 10 millones de pesos por un vehículo que jamás recibió.
Las víctimas comenzaron a organizarse a través de grupos de WhatsApp y redes sociales, al descubrir que la situación se repetía con decenas de compradores. El local, mientras tanto, cerró de un día para el otro, y los responsables desaparecieron sin dejar rastros.
El rol de la justicia y las denuncias
La abogada Valeria Mamone, que representa a un grupo de damnificados, explicó que el caso se tramita bajo la carátula de "estafa reiterada y asociación ilícita". Según detalló, "el patrón delictivo está probado: hubo un engaño sistemático, contratos falsos y un movimiento de dinero que nunca se destinó a la compra de los vehículos".
Mamone también señaló que la empresa no tenía ninguna habilitación oficial, ni vínculo con las marcas cuyos logos exhibía en su vidriera. "El daño no fue sólo económico. Muchos de mis clientes entregaron autos usados o sus ahorros de años. Lo más grave es que el Estado no actuó a tiempo: hubo denuncias previas y nadie intervino."
En la causa se investiga además la posible existencia de sociedades pantalla y cuentas a nombre de terceros, un mecanismo habitual para diluir responsabilidades y dificultar el recupero de fondos.
Vacíos legales y falta de control
El caso reveló fallas estructurales en la regulación del sector. En la Ciudad de Buenos Aires, cualquier comercio puede inscribirse como "venta de automotores" sin ser concesionario oficial, lo que deja al consumidor en una zona gris.
"Hay un marco normativo que protege al comprador, pero su aplicación es débil", sostuvo Mamone. "Las concesionarias truchas operan con impunidad porque no hay un registro público, ni un sistema de verificación previa que confirme si el local está autorizado por la marca que representa."
Desde la Dirección Nacional de Defensa del Consumidor, reconocen que los reclamos en el rubro automotor aumentaron más de un 40 % durante el último año, pero admiten que los procesos judiciales son lentos y las devoluciones, casi nulas.
La visión del sector formal
El caso tuvo repercusiones en todo el mercado. Para los concesionarios oficiales, la estafa de Grupo Central golpeó la confianza del público y dañó la credibilidad del rubro.
"Este tipo de situaciones nos afecta a todos", afirma Rodolfo Boillat, titular de Hauswagen Pilar, una concesionaria oficial con más de veinte años de trayectoria. "Los clientes llegan desconfiando, piden papeles, quieren verificar cada dato, y tienen razón. Después de algo así, nadie quiere arriesgarse."
Boillat considera que el caso de Núñez expuso una deuda pendiente: "El Estado debería tener un registro único de concesionarios habilitados, y los bancos tendrían que alertar cuando detectan operaciones de gran volumen desde cuentas que no están vinculadas a empresas oficiales. Es una forma de cuidar al consumidor y también al comercio honesto."
Una herida abierta
A casi un año de la denuncia, el local donde funcionaba Grupo Central permanece cerrado, con vidrios polarizados y un cartel de "propiedad privada". En los tribunales, la investigación continúa. Hasta el momento, solo uno de los socios fue detenido, mientras que otros implicados siguen prófugos.
Las víctimas, por su parte, se agrupan para mantener la visibilidad del caso y presionar por avances judiciales. "Nos organizamos para que no vuelva a pasar", dice De Palma. "Queremos
que esto sirva de precedente, porque si el Estado no controla, cualquier persona puede abrir una concesionaria y estafar a cientos."
Más allá del caso: la desprotección del consumidor
La estafa de Grupo Central Automotores dejó en evidencia un sistema de control insuficiente, donde las leyes existen, pero su cumplimiento depende más de la voluntad que de la estructura estatal.
Como resume Mamone: "La ley protege al consumidor, pero sin controles efectivos, esa protección se vuelve una promesa vacía. Los organismos miraron para otro lado mientras una empresa sin habilitación operó a la vista de todos."
El caso es hoy un símbolo de las fallas estructurales en la relación entre el Estado, el mercado y los derechos del ciudadano. Porque en un rubro donde la confianza es la base de toda transacción, una estafa no solo roba dinero: también erosiona la credibilidad de un sistema entero.
Conclusión: confianza rota y lecciones pendientes
El caso de Grupo Central Automotores se transformó en un símbolo de los límites del control estatal y de la fragilidad del consumidor frente a estructuras empresariales sin supervisión efectiva. Más allá de las sanciones judiciales que pueda haber, la estafa dejó una huella profunda en la confianza del mercado automotor y en la relación entre ciudadanos, empresas y Estado.
Las voces de las víctimas, de la abogada Valeria Mamone y del empresario Rodolfo Boillat coinciden en un punto: sin controles reales y sin transparencia, los fraudes seguirán encontrando terreno fértil. Este hecho no solo evidenció un delito económico, sino también un déficit institucional que interpela directamente a las políticas públicas de protección al consumidor.
La herida que dejó el engaño en Núñez no se mide solo en dinero perdido, sino en la desconfianza que generó. Recuperarla será un desafío que excede a los tribunales: exige reconstruir la credibilidad de todo un sistema.

